sábado, 30 de junio de 2012

La cara oscura de la luna (parte final)

   Habían transcurrido casi doce días desde que entré por primera vez en el "chateau du femme gargouille". Vivía casi en un sueño, no sabía exactamente lo que sentía, qué sentimientos o emociones experimentaba al tenerla, pero no podía negar que era devota de sus caricias. Ni que no quería marcharme.
    Estaba paseando por los exteriores de la casa cuando vi llegar al chófer conduciendo el mismo coche que me había traído hasta aquel lugar. Bajó de él y abrió la puerta a una señorita rubia que traía un par de maletas consigo. Ésta entró en la mansión decidida mientras el chófer se recostaba en el vehículo y se encendía un cigarrillo. Me apresuré hacia él y le pregunté quién era aquella chica.

-Una invitada de la señora, creo que trabaja en una de sus oficinas. Aunque la verdad, se parece un poco a ti ¿No?

    Al escuchar esas palabras algo en mí se estremeció. Entré corriendo en el enorme edificio y me dirigí a los aposentos de Greta. Allí estaba ella, vistiéndose y arreglándose seguramente para su nueva invitada.

-Pasa Lisa. Aunque tengo algo de prisa creo que podré darte un poco de atención.- Se giró sonriente, aunque mi expresión hizo que la cambiara pronto de su cara.-¿Qué ocurre?
-¿Quién es?
-¿Quién?
-La chica que ha llegado hoy.
-¡Oh! Es mi nueva invitada. ¿Por?
-¿Cómo que por? ¿Y yo?
-Tú también lo eres y tu estancia aquí está a punto de finalizar. El contrato está cerrado y nada te retiene aquí.
-Pero, creía que...
-¿Eras especial? Por favor, no me hagas reír.- Se acercó a mí mientras terminaba de abrocharse la camisa.- Nunca te he prometido nada. Es verdad que me lo he pasado bien contigo, pero ya está, no hay más.
-Yo...-Bajé mi rostro en un intento de esconder mis lágrimas que se me agolpaban en los ojos.
-¿En serio creías que eras diferente? ¿Es que acaso no te sirvió lo que viste con Dana?

   Tenía razón. ¿Por qué creía que yo iba a ser diferente? ¿Quién era yo para exigirle nada a ella? Por supuesto que nadie.

-Es cierto.- Susurré mientras me separaba de ella. Ésta me observaba confusa sin sus características gafas. Después de unos minutos sentenció
-Comeremos a las dos. Nos veremos entonces.

    Salí de su habitación presa de un pánico silencioso. Anduve por el largo pasillo, fijándome por primera vez en los cartelitos blancos que había junto a cada una de las puertas. En ellas se podía leer nombres tales como "Cristina", "Elisa", "Margaret" o similares. Cuando llegué al mío quise proseguir con aquel desfile, pero terminaban en la habitación contigua a la mía donde la nueva invitada estaba instalándose, el resto estaban vacíos.
    Horrorizada, entré en mi dormitorio gritando y golpeando todo cuanto se me ponía delante. Con la rabia y la impotencia dominando mis sentidos, creía que me estaba volviendo loca. No era la primera y ni siquiera iba a ser la última. Mis suposiciones acerca de lo que yo significaba para Greta habían caído en saco roto. Lo peor era que partía a la mañana siguiente, devolviéndome a mí misma a la monótona vida normal de la cual la señora Gargouille me había sacado.

*

     Cuando llegó la hora de comer descendí las enormes escaleras que daban al vestíbulo. Allí se encontraba la nueva invitada, encandilada con una de las esculturas egipcias que adornaban la sala que daba paso al comedor. Cuando me vio me dedicó una sonrisa y se disculpó de la siguiente forma:

-Hola, no te había visto antes. Soy Aina, trabajo para la señora Alfonso.
-Yo Lisa y soy una amiga de Greta.
-¿No te parece que es increíble la colección que posee?- Se volvió a girar hacia la escultura y siguió.- Realmente es una mujer sorprendente.
-No es tan especial como parece.- Respondí intentando mostrar desinterés.
-Tal vez, pero es como si tuviese algo que atrapara.

      Iba a contestar cuando llegó una de las sirvientas que nos indicó que la comida iba a servirse. Las dos entramos en la enorme habitación y vimos que Greta ya estaba sentada. Se levantó y ofreció un sitio a su lado a la tal Aina mientras yo me sentaba a su otro lado. Observaba presa de la frustración las atenciones, tan discretas como contundentes, que la señora Alfonso mostraba a su nueva invitada. Ésta se reía y se sonrojoba ante los gestos que le eran dados. La chica se manchó un poco la blusa y Greta se ofreció para limpiarla. No pude soportarlo más y salí de aquella estancia sin despedirme ni reparar en las caras de sorpresa que había provocado en ellas.
     Entré en mi habitación y cerré la puerta dando un portazo, echándome en aquella cama vestida con las sábanas de seda que Greta había comprado. No encontraba explicación o razón por lo que sentía. Todo parecía estar acumulándose en mi garganta y en mi pecho dificultando por momentos mi respiración. El simple recuerdo de sus manos acariciándome quemaba todos los poros de mi piel. Sin saber de que forma proceder, me encontraba totalmente impotente ante la idea de marcharme a la mañana siguiente. Intenté dormirme, imaginando que todo aquello no era más que una pesadilla producto de mi mente y que pronto despertaría de nuevo en los brazos de mi amada.

*

    Salí de mi habitación y me dirigí a las cocinas. Allí, los sirvientes junto con los cocineros ultimaban los preparativos para la cena. Me dirigí a un chico con la indumentaria de chef y le pregunté:

-¿Tienen fresas y champán? A la señora y a mí nos gustaría darnos un tentempié antes de la cena.
-Creo que aún quedan unas pocas, si me disculpa un momento.- El muchacho se dirigió hacia una puerta plateada y entró. Luego volvió con un cuenco pequeño lleno de fresas y con un par de copas en la mano.- ¿Dónde quiere que lo deje?
-En los aposentos de la señora Alfonso. Y ponga un cuchillo para poder cortar las fresas, si es tan amable.

    El chico no se sorprendió por mi mandato, pues no era la primera vez que Greta me había enviado a por alguno de sus ingredientes para sus extravagancias.
   Volví a mi cuarto y me puse el único vestido que había traído conmigo, negro y brillante. Luego me calcé un par de zapatos, también negros y con un finísimo tacón de aguja. En cuanto hube comprobado mi imagen ante el espejo, salí en dirección a la habitación de la señora de la casa.
   Vi que las fresas ya estaban allí junto con el champán. Entré dentro y cerré la puerta tras de mí. Me recosté en la cama y empecé a devorar las fresas, imaginando con cada mordisco los labios de mi amada Greta. Cuando me cansé de ellas, serví en ambas copas un poco de bebida y me llevé una conmigo mientras echaba el resto de lo que quedaba de la botella sobre mí. Al terminar con aquel extraño baño cogí el cuchillo y lo sostuve durante unos minutos, jugando con él y acariciándolo mientras me acababa de convencer acerca de mi inminente destino.

*

     La última vez que había visto a Lisa había sido a la hora de comer. La señora Gargouille había preguntado por ella, pero nadie del servicio había sabido de ella desde la mañana.
    Andaba buscándola para despedirse de ella antes de su marcha y no podía creer que se hubiese ido de la mansión sin más. Observó la rosa negra que había arrancado para regalársela y se dijo a sí misma que acabaría por aparecer y se dispuso a volver a su habitación. De camino, entró en la habitación de Lisa pero encontró que todas sus cosas seguían en su sitio. Cansada, prosiguió su camino hasta sus aposentos y se encontró, extrañada, con la puerta cerrada, pues creía recordar que la había dejado abierta.
    Cuando entró sus pasos se detuvieron en seco al encontrar tal escena. El cadáver de Lisa, echado sobre la cama, estaba cubierto por su sangre y por champán. En su mano izquierda reposaba un cuchillo manchado de rojo y en su otra mano una copa rota. Sonrió con malicia y se dirigió hacia la copa llena que estaba encima de la mesita. Luego dejó caer la rosa negra en su frente y besó una de sus manos.

-Al final resultaste ser más interesante de lo que esperaba.

Alzó la copa a modo de brindis y se la bebió.


Para mi Kaii.

miércoles, 27 de junio de 2012

La cara oscura de la luna (parte 2)




La sala que hacía las funciones de comedor era enorme. Las paredes del mismo color rojo oscuro que las del pasillo, estaban engalanadas con una serie de cuadros y lámparas que iban alternándose entre sí. La enorme mesa que había en el centro de la estancia llevaba por sombrero una magnifica lámpara con forma de araña que culminaba aquel ostentoso paisaje. Greta me invitó a sentarme a su lado y lo hice observando la silla forrada de terciopelo. Luego pasé mi vista hacia los cubiertos. Eran algo vulgares y chocaban mucho con aquella exhibición de objetos preciosos.

-Parece que no tienes gusto por las cuberterías de plata.
-La verdad, detesto tener algo que voy a ensuciar y que con el tiempo se estropeará entre las manos, me gusta ser más útil con las cosas que utilizo todos los días.

    Mientras decía ésto Dana apareció por la puerta situada detrás de mí con el carro que llevaba nuestra comida. Colocó una ensalada en el medio de las dos y empezó a servir la sopa de una forma forzosamente torpe. En cada cucharada que vaciaba sobre mi plato lograba salpicar mi camisa o mis pantalones. Greta la observaba con una expresión entre lo cómico y lo enfadado. Al ver la impasividad de su sirvienta, le detuvo las manos antes de que empezara a servirla a ella y le dijo:

-Puedo tolerar que lo hagas conmigo. Pero ella es solo una invitada y no debes tratarla así.

    La muchacha se quedó inmóvil durante unos segundos. Su rostro pareció descomponerse y salió del lugar corriendo y llorando. Me sentí algo preocupada por ella, pero no me había sentido capaz de defenderla, así que continué soplando en mi cuchara llena de sopa intentando sorber aquel líquido endiabladamente caliente.
    A los pocos minutos entró otra joven que trabajaba en el servicio, con los mismos rasgos que Dana, tez pálida, pelo negro y ojos claros. De no haber sido por las facciones de su rostro, hubiese jurado que eran hermanas. Ante ésto me sentí completamente confusa y le pregunté a Greta sobre aquella chica.

-Bueno, siempre me ha gustado el contraste del pelo oscuro con ojos claros. Pero últimamente he cambiado un poco mis preferencias.

    No entendía exactamente a que se refería y un nudo se formó en mi estómago. Me excusé alegando que me encontraba mal para escaparme de allí. Greta asintió con la cabeza y me dijo que nos veríamos por la noche, ya que por la tarde estaría bastante ocupada. Yo me despedí y salí de la sala hacia mi habitación. El comedor se encontraba en la planta baja, dónde su enorme vestíbulo, presidido por aquella escalera cubierta de una alfombra gris claro, estaba también repleto de algunas obras y de algunos animales disecados.
   No me entretuve mucho y subí las escaleras donde se encontraba la habitación de invitados. De camino observé el pasillo, estrecho y largo hasta causar claustrofobia, que estaba adornado de la misma forma que el comedor de la planta baja. Además, por él se extenderían alrededor de unas cincuenta puertas que conducían, en su mayoría, a habitaciones de invitados o de los "señores" de la casa.
   Me detuve al llegar a mi puerta y me acordé de Dana. La sensación en el estómago parecía desvanecerse lentamente, pero la curiosidad por los actos de la sirvienta me carcomían por dentro. Seguí hacia delante en mi trayecto, entrando en la mayoría de habitaciones buscándola.
    Llegué hasta una puerta con un marco un poco más adornado que el resto. Supuse que era la habitación de Greta y sentí curiosidad por observar los aposentos de la señora Gargouille. Me asomé un poco por el hueco que dejaba la puerta y encontré a Dana sentada en la cama. Estaba quitándose su delantal y la camisa que llevaba por uniforme. Su cuerpo pálido parecía brillar bajo la luz directa de aquel sol bajo de invierno que hacía acto de presencia a través de los grandes ventanales.
   Escuché unos pasos dirigirse hacia donde me encontraba y me escondí en la habitación de enfrente. Observé la figura de Greta abrir la puerta y detenerse allí a través de la cerradura antigua que adornaba la puerta.

-¿Era necesario que montaras aquella escena?
-Quería hacerme la interesante antes de marcharme.

    Greta entró en la estancia sin cerrar la puerta. Salí de mi escondite improvisado y me asomé. Allí, la señora Alfonso tenía rodeada con sus brazos a la frágil de Dana quien había estrechado su cintura.

-¿Me echarás de menos?- Dijo la sirvienta.
-Sabes que no.- Respondió mientras le besaba el cuello.
-No, no lo harás. Aún recuerdo cuando entré aquí por primera vez.- Besó los labios de Greta y prosiguió.- Me parecías tan atrayente, tan jodidamente persuasiva. Pasaron dos años hasta que decidiste hacerme caso.
-Ya sabes, era divertido hacerte sufrir.

    Sin querer hice ruido moviendo la puerta y ambas dirigieron la vista hacia mí. Greta y Dana esbozaron una sonrisa a la vez que yo era presa del pánico y salía corriendo de allí.
    Llegué hasta mi habitación y me tumbé en la que era mi cama. Empecé a sollozar sin saber muy bien el porque. ¿Acaso sentía envidia por aquella criada? ¿Quería estar en su lugar? ¿Por qué?
    A los escasos cinco minutos alguien entró y se sentó a mi lado, acariciando mis cabellos rubios y mis mejillas mojadas.

-Siento que nos tengamos que despedir de esta forma.- Me obligó a girarme hasta verla de frente y continuó.- Pero es mejor que aprendas que no todo lo que reluce es oro.
-¿Ella te...
-Dudo que me quiera.- Cortó con aire desinteresado.- Aunque yo tampoco la amo.
-Vosotras, daba la impresión de que no...- No era capaz ni siquiera de acabar una frase y ella las acababa por mí.
-Éso no es odio, mi vida, es devoción.

     Se marchó de la habitación y yo me quedé inmóvil, con la mirada perdida y totalmente confusa sin saber como tomarme las palabras de Dana. ¿Qué es lo que estaba buscando con Greta? ¿Es más, quién era yo  para siquiera envidiar la suerte de aquella sirvienta? La suerte, que estúpida era.

*

Cuando desperté eran las 6 de la mañana. El día empezaba a clarear y yo parecía sentirme algo mejor. Me desperecé y me cambié de ropa dispuesta a darme un paseo por los exteriores de la mansión. Una vez vestida, bajé las escaleras que conducían a la entrada del edificio y encontré a Greta apoyada en el marco de la puerta con la criada delante suya. Ésta se giró hacia mí y me guiñó un ojo mientras Dana solo me confería una mirada cansada.

-No te preocupes, intentaré escribirte y contarte lo que veo.
-No lo harás.

     Observé a Greta, quien sostenía una rosa negra en la mano y otra entre sus labios. Extendió su mano ofreciéndola a su sirvienta y añadió.

-Pero no olvides de donde has salido.
-No lo haré.- Luego Dana le dio un beso en la frente y subió al coche que arrancó al instante, perdiéndose por el largo camino que conducía a la salida de los dominios de la señora Alfonso.

Se dirigió hacia mí, alargando el brazo ofreciéndome la otra rosa, roja en este caso.

-Tómala, cuando te marches te regalaré otra.
-Entonces será en breve, pues me gustaría acabar con el asunto cuanto antes para poder irme a casa.
-Como desees, vamos a mi despacho.

     De camino, Greta llamó a una de las sirvientas y le pidió que nos trajeron el desayuno. Al llegar a él me senté en el mismo lugar que ocupé a mi llegada mientras ella sacaba de una carpeta un par de papeles.

-Entonces el museo se compromete a darme el 130% del valor real de mi colección ¿Cierto?
-Así es. Saben el valor que tienen para ti y reconocen las molestias que te has tomado al reunirlas.
-Claro, aunque lo hice con gusto, en cuanto a la cláusula....

     Su tono, desenfadado y despreocupado, pasó a ser frío y formal. Su voz repetía los puntos en los que no estaba de acuerdo intentando defender sus intereses como la magnífica empresaria que era. Mientras tanto, yo observaba, abstraída totalmente de la conversación, la camisa azul que dejaba al descubierto su hombro.

-Tendría el derecho a atribuirme el honor de su agrupación. Además podría aumentar las obras que pertenecen a esta colección sin cederlas al museo.
-Creo que no habrá problemas con éso.

     Aquella formalidad empezaba a ponerme de los nervios. Su postura hacía honor a su apodo de señora "Gargouille", fría, impasible. Observé sus ojos protegidos por aquellas gafas de patillas oscuras. Mis manos apretaban mis piernas buscando una forma de calmar mis nervios. No lo soportaba, esa manera de comportase me estaba desquiciando y no pude más que cortarla y decirle:

-¿Cómo puedes ser tan diferente?

   Ella me miró levantando una ceja y se recostó en el sillón.

-Sé separar lo que son los negocios de lo que es el placer.- Se levantó y empezó a firmar los documentos que otorgaban la colección a mi museo.- Aunque hay muchas veces que lo detesto.

   Dejó el bolígrafo en la mesa y repasó los papeles una vez más. Luego los dejó delante mía y me pidió que comprobase que todo estaba en su sitio.

-Supongo que con ésto tendré que marcharme.- Los revisé una vez más, intentando centrar a mi confusa mente en lo que estaba haciendo. Cuando me disponía a marcharme con ellos, la mano de Greta me detuvo arrebatándome los documentos de las manos.
-Te propongo algo, no te los daré a menos que te quedes un par de semanas más.
-¿Qué? ¿De qué hablas?
-Muy simple, quiero que alargues tu estancia aquí.-Dejó los papeles encima de la mesa y empezó a acercarse a mí.
-Éso es chantaje.
-O no, querida, no lo es.- Me cogió por la cintura y susurró en mi oído.- Es una proposición.
-Sigue siendo chantaje.- Mi respiración y mis latidos empezaban a alterarse por momentos a causa de la proximidad de Greta.
-No lo es.- Me besó de repente dejándome sin replicas o excusas.- Porque tú quieres hacerlo.

    Me condujo hasta su habitación. La habitación que horas antes había sido ocupada por Dana y por ella. Sus finas manos de uñas largas, aunque tebias, acariciaban mis mejillas mientras me besaba. Una vez dentro, ella se situó detrás de mí y me quitó la camisa  a la vez que besaba mi cuello.

-¿Sabes por qué me gusta el arte de este tipo?- Exhalé un gemido a modo de pregunta y continuó.- Porque nunca voy a ser capaz de sentir esa desesperación por nadie.


martes, 26 de junio de 2012

La cara oscura de la luna (parte 1)


     Las verjas se abrieron dejando paso al coche que me transportaba. Una explanada de jardines se abrió ante nosotros.

 -La señora de la casa adora los abetos.
 -Ya lo veo.

    Había sido invitada para negociar sobre la compra de una colección de arte perteneciente a su familia. En el museo donde trabajo se relamían los labios por las obras que poseía.

"Estamos seguros de que lo conseguirás, suele tratar con gente como tú y puede que incluso vuelvas con vida"

    Me lo tomé como una broma más. Cuando acepté, una sonrisa iluminó la cara de mis superiores y me dijeron que partía el sábado siguiente.
   Cuando llegué a casa encendí mi polvoriento portátil dispuesta a buscar algo de información sobre la señora Alfonso. O más bien debería decir señorita, pues en sus cuarenta años no se había casado jamás. Destacaban su gusto por coleccionar arte, sus donaciones a importantes fundaciones y sus extravagantes aficiones. A parte se sabía que era una gran empresaria dueña de una importante asociación de compañías que trabajaban entre sí. No había más información relevante, a parte de que tenía un par de hermanos y las teorías conspiratorias sobre como los desheredó.
    Alcé la vista y pude ver el enorme edificio, conocido vulgarmente como le château du femme gargouille. La verdad era que aquel castillo, construido seguramente a principios del siglo XIX, imponía con su presencia. Observé la carretera y vi que a los dos costados había una serie de rosales con rosas rojas y negras.

-También le gustan las rosas ¿No?
-Sí, le encanta arrancar algunas y jugar con ellas.
-Jugar, ya me imagino a que clase de juegos- Dije riendo para mi misma, pero el chófer me escuchó.
-No se deje engañar por los rumores que corren sobre la señora. Tiene sus vicios y sus peculiaridades, como todo el mundo.
-No pretendía ofenderle.- La situación parecía volverse incómoda por momentos. Y quería bajar de ese maldito coche.
-No creo que lo haya hecho. Aunque éso sí, hágame caso y cuide de no gustarle demasiado.
-Lo intentaré.

    Después de unos cinco minutos de silencio llegamos a la entrada principal de la mansión. Una chica bastante joven y pálida abrió mi puerta mientras el chófer descendía del vehículo. Sus cabellos negros ondulados intentaban disimular éste último atributo suyo con bastante eficacia. Sus ojos azules conseguían desviar la atención de cualquiera que la viese con mucha facilidad y atrapar en el mar que rodeaba sus pupilas.
    La muchacha se ofreció a cogerme la maleta y llevarla hasta mi habitación pero me negué temiendo que se derrumbase a medio camino. La cogí junto con mi bolsa de trabajo y la seguí hasta la segunda planta donde se encontraba la habitación de invitados.

-La señora te recibirá en cuanto termine de aposentarse. Tómese su tiempo. Si necesita mi ayuda...- La chica se acercó a mí con un aire de prepotencia.- Puede llamarme cuando desee.
-Lo tendré en cuenta.- Se había situado muy cerca de mí y yo estiraba el cuello hacia atrás, señalando la habitación a modo de despedida y temiendo que aquella jovencita pudiese tomarse las confianzas que no debía.- Pero creo que me las podré apañar.
-La comida es a las dos.- Cambió el tono de voz y continuó mientras se alejaba un poco de mí.- No llegue tarde.
-Gracias, ahora si me disculpa.

    Cerré la puerta en sus narices y apoyé la espalda en ella suspirando de alivio. Los ojos de aquella especie de loba habían parecido encenderse en llamas cuando estaba cerca. No le di más vueltas y guardé en el armario un par de camisas y pantalones, suponiendo (y rogando) que no fuese a durar mi visita más de un par de días.
    Dejé la habitación tras de mí y me dispuse a ir al despacho de la señora, que según me había comentado el chófer, estaba en la planta baja. El interior de aquella especie de castillo no era menos peculiar que su exterior. El pasillo que llevaba hasta las escaleras estaba repleto de cuadros firmados por pintores tan famosos e ilustres como VelázquezValdés Leal o Grzegorz Kmiz entre otros. Algunos de ellos pertenecían a las famosas "colecciones macabras", las cuales había venido a negociar con la señora Alfonso.
   Llegué hasta el despacho y encontré las puertas abiertas. Una mujer servía en dos copas brandy.

-Por fin, temía que se hubiese perdido.
-Éste lugar es muy grande, pero su chófer me había indicado donde se encontraba el despacho.

Dejó la botella en la mesa y se dirigió a mí extendiendo el brazo con una de las copas.

-Tome, es español.
-Gracias- Cogí la copa y me la llevé a los labios sin beber demasiado líquido, deteniendo mi mirada en la clase de mujer que tenía en frente.

    No tenía un cuerpo de escándalo y la verdad era que su rostro estaba lleno de imperfecciones. Pero había algo en ella que la hacía completamente diferente a lo que solía mostrar ante el público. Los vaqueros que llevaba junto con aquella camisa ancha la hacían parecer desarreglada y le daban un toque informal lejos de lo que había leído sobre ella. El pelo le caía un poco más abajo de los hombros con algunos tirabuzones castaños que hacían juego con el tono de su piel.

-Supongo que se habrá extrañado. Sé que no es muy común invitar a alguien con quien tienes asuntos de negocios a pasar un fin de semana en esta enorme casa.- Se llevó la copa a los labios y tragó todo el líquido de golpe.- Lo lógico es que hubiésemos tratado este tema en mis oficinas, pero odio dejar mis dominios.
-No se preocupe señora Alfonso, agradezco su invitación. La verdad es que su colección es asombrosa.
-Déjese de formalidades.- Se dejó caer en la butaca del escritorio y se apoyó en la mesa.- Y gracias.

   Transcurrió más de un minuto en el que ambas estuvimos calladas. Yo me senté en una de las sillas que estaban en frente del escritorio. Observé a través de esas gafas sus ojos, oscuros, apagados, misteriosos, carentes de prácticamente cualquier movilidad. La frialdad que mostraban era digna de la reputación de la gran empresaria que tenía en frente.

-El museo estaba muy interesado en su colección. Francamente, desde la colección de autores italianos nunca les había interesado comprar ninguna otra.
-Sé la clase de cuadros que tengo y porque los buscan. Algunos de ellos rozan los límites de lo grotesco, por eso son tan deseables. ¿Alguna vez se lo ha planteado?
-¿El qué?- Pregunté extrañada.
-Qué lo que roza los límites de la extravagancia la mayoría de las veces se vuelve lo más bello.
-Es bastante cierto. Hay cuadros que podrían revolverte el estómago pero son considerados, mejor dicho, los consideramos verdaderas obras de arte.
-Sí, ahí está la gracia. ¿Hasta dónde es capaz de aceptar el ser humano?
-Yo creo que realmente no tenemos límites. Somos capaces de aceptar todo, siempre que para nosotros tenga un sentido.
-¿Y cree que el Blinding justice o el Monster del señor Grzegorz Kmiz tienen algo de sentido?
-Sí, muestran una realidad de nuestra mente. Un sentimiento de total desesperación cuando te das cuenta de quien eres.
-Interesante.- Se recostó en un sillón y añadió.- Nunca los había visto de esa forma.

    De repente llamaron a la puerta y apareció la joven criada ofreciéndonos té y pasteles para almorzar. Ambas asentimos y empezó a servirnos. A Greta le dejó el trozo de pastel de mala gana en el plato y le dio la taza con el te, ardiendo, en las manos. Luego cuando me sirvió a mí sus formas cambiaron totalmente. Sus ojos no paraban de dirigirse a mí mientras me cortaba el trozo de pastel con suma elegancia. Luego me dejó la taza y el plato delante de mí en el escritorio y salió guiñándome un ojo.

   Fruncí el ceño extrañada por el comportamiento de aquella chica y me dispuse a comer la tarta.

-Siempre ha sido muy rara. Suerte que solo le queda un día de trabajo.
-¿Sólo un día?
-Sí, la chica quiere irse de aquí, ver mundo. Cree que fuera de aquí la van a tratar mejor.- Dijo riéndose.
-Quién sabe.
-Nunca he entendido su comportamiento. La verdad, pocas veces la he tratado mal o amonestado, salvo cuando se ha propasado con alguno de mis invitados.
-La chica es joven, ya sabe cómo somos todos.- Observé como el rostro de la mujer se ponía nostálgico mientras con la servilleta se quitaba las manchas de merengue que habían quedado en su barbilla.
-Sí, dulce juventud. Supongo que hay que disfrutarla mientras se pueda.
-Volviendo al tema de los cuadros. El museo está dispuesto a...
-¿Por qué tanta prisa? Tenemos todo el fin de semana. -Se levantó de la silla y echó el resto de tarta que quedaba en su plato a la basura.- Relájese y disfrute de su estancia aquí. Supongo que le gustarán estos lugares.

    Salí del despacho después de comer y beber el almuerzo que nos había servido la criada. Greta me dijo que me vería media hora antes de la comida para enseñarme los jardines, mientras me daba vía libre para explorar su mansión. La planta baja estaba llena de estatuas y figuras de mármol o porcelana, muchas de ellas con un estilo clásico o egipcio que encandilaban a cualquiera que las viese. Algunas de esas esculturas debían de ser realmente viejas, pues algunas no estaban ni restauradas.

-Supongo que le gustará el arte. Yo siempre lo he aborrecido.

    Giré mi vista para identificar la voz de la persona y encontré a la criada a escasos tres metros de mí.

-¿Lo aborreces? Si es la máxima expresión que puede alcanzar una persona, ya sea en forma de pinceladas o de palabras.
-Creo que la máxima expresión de una persona se alcanza cuando estás enamorado.
-¿Y acaso el arte no es amor?
-No, el amor se siente hacia alguien, no hacia un papel en blanco.

    La joven parecía muy convencida de sus palabras. Tenía las manos en las caderas y sus ojos no paraban de repasarme otra vez, algo que me empezaba a incomodar. Se acercó a mí, esta vez sin sobrepasar mi espacio vital y prosiguió.

-Podrías acompañarme fuera a fumar, la señora no me deja hacerlo aquí dentro.
-Claro, pero antes ¿Cuál es tu nombre?
-Dana, y tú eres Lisa y has venido a negociar con esa arpía.
-¿Qué tiene de malo?
-Ya lo descubrirás. Vamos fuera.

*

     En las afueras de la mansión se respiraba un aire puro. Los abetos se movían al compás que marcaba el viento mientras Dana me contaba su vida hasta que empezó a trabajar.

-A los 16 años me fui de casa. Estaba harta de estudiar y mis padres pretendían que trabajase en el negocio familiar. Por tanto cogí la puerta con el periódico donde estaba la oferta y me dirigí aquí.
-¿Preferías venir a trabajar aquí?
-Sí, para mí todo era mejor que estar en casa. La verdad, no era seguro que me cogiesen y era muy posible que me hubiese quedado en la calle. Pero hay que arriesgarse ¿No crees? -Me preguntó levantando una ceja.
-Tal vez, aunque no siempre vale la pena. Pero en tu caso has salido ganando -Esbocé una media sonrisa en mis labios y ella me miró divertida.
-Sí, me encontré trabajando en una mansión, con casa y pensión completa y cobrando un sueldo que no estaba nada mal.
-¿Y ahora que tienes el suficiente dinero quieres ir a ver mundo?
-Quiero largarme de aquí porque este pedazo de roca podrida acaba asfixiando a cualquiera. Llevo casi 9 años trabajando para la señora Gargouille y estoy algo hasta las narices.
-¿Por qué la llaman así? Quiero decir. ¿Por qué tiene esa fama?- Dije totalmente intrigada y ajena a la cara de asco que mostraba Dana.
-Es extraña, tiene vicios raros, le encanta observar las rosas durante horas, es lesbiana y tiene un gusto realmente macabro para los cuadros.

    Me detuve en seco y la miré frunciendo el ceño. Aún no veía que tenía de malo aquella mujer. Ella también paró al verme detrás suya y volvió hasta mí.

-¿He dicho algo que te haya molestado?
-No. Es que no consigo verle nada que merezca una opinión tan negativa.
-¿Crees que es normal ese gusto por los cuadros? ¿O que le guste comerse una tarta de mantequilla con cacahuetes salados?
-¿Normal o no, qué más da?- Repliqué algo indignada.- Cada cual tiene sus peculiaridades, tiene sus sueños y sus gustos. ¿Qué más da que le gusten los cuadros que reflejan realidades crueles o cuerpos desmembrados?
-Pero lleva sola tanto tiempo que se le ha ido la olla por completo. Necesita de alguien que...
-Tonterías. No deberías verla de ese modo Dana.

    Ella agachó la cabeza y susurró algo que no pude escuchar. Luego me miró con los ojos rojos y se despidió de mí hasta la hora de comer sin dar otra explicación, alejándose del lugar por el mismo camino por el que habíamos estado paseando. La observé como se marchaba riendo, con ese porte prepotente y orgulloso que le había conocido al entrar en la casa.
    Anduve un poco más por aquel camino que tenía por paisaje abetos y hierba verde. Una hierba acabada de cortar que invitaba a tumbarse en ella. Me senté unos metros más adelante y observé la fachada del castillo en toda su magnificencia. Era de un color beis claro, con los marcos de las ventanas de color marrón oscuro. Las gárgolas que se alzaban sobre la azotea eran de color gris claro y sus caras pasaban desde las más afables hasta las más furiosas.
     Dejé caer mi cabeza en el césped y observé el cielo azul manchado de nubes grises y blancas. Realmente el lugar empezaba a resultarme agradable aunque tan solo llevase allí un par de horas. Cerré los ojos y me dormí hasta que una voz me despertó.

-Normalmente no suelo dejar a la gente que se tumbe en mi césped.

    Abrí los ojos de golpe y observé el rostro de Greta encima del mío. Me levanté de un salto y me situé en frente de ella disculpándome mil veces por haberme tomado aquellas confianzas.

-No te preocupes. No va a pasar nada por que alguien lo estropee un poco.- Se sentó en la hierba y prosiguió.- Estabas por aquí con Dana ¿Cierto?
-Sí, me había pedido que la acompañase a dar una vuelta.
-A fumar querida, estaba fumando.- Dicho ésto sacó de su bolsillo un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo.- Dentro de mi mansión nadie fuma. Ni siquiera yo. Además es un vicio asqueroso.- Extendió la cajetilla abierta ofreciéndome uno.
-No gracias. No fumo.
-¿En serio? -Se escondió el paquete mientras se llevaba su cigarro a la boca.- Yo no puedo prescindir de él, aunque cada vez fumo menos. Supongo que es por la edad.
 -Puede ser.

    Me mantuve de pie mientras ella seguía tirada en el césped consumiendo aquel cilindro con gran elegancia. Sus gestos, o los pocos que conocía, no podían negar su clase alta. Gestos delicados y majestuosos que encandilaban a quien estuviese observándola.

-Parece que el museo te tiene en muy alta estima. ¿Dime, siempre has querido trabajar como directora de uno?
-Si te soy honesta, nunca pensé que terminaría estudiando dirección de empresas después de bellas artes. Quería crear mis propias obras y que al final terminasen expuestas en algún lado.- Miré como sus labios dibujaban una sonrisa y proseguí sin hacerles caso.- Pero nunca tuve el valor suficiente para enfrentarme con ese mundo, lleno de críticas y de caídas estrepitosas. Seguí el consejo de mis padres y continué estudiando. Cuando terminé encontré trabajo en este museo.
-Una historia verdaderamente aburrida. ¿Dónde está la chica que creí que eras?
-Supongo que te has hecho una idea equivocada de mí. Solo me conoces de hace un par de horas y no deberías haberte formado grandes expectativas.
-Sé como es alguien con tan solo verlo una vez. En el mismo momento que entraste por la puerta de este recinto sabía que escondías algún sueño frustado o alguna especie de historia que acabaría siendo poco interesante.
-Hablas como si pudieses arreglarlo.
-Claro que puedo querida. ¿Pero te lo mereces?
-No creo que quiera ser ayudada por ti. He venido tan solo a negociar una colección de cuadros y si he accedido a quedarme ha sido por pura curiosidad hacia la casa que posees.

    Se levantó de la hierba mientras se quitaba las arrugas que se le habían formado en la camisa. Luego se acercó a mí poniéndome en tensión. Sus ojos interceptaron a los míos y no los dejaban marchar.

-Qué lástima. Aunque creo que podré hacerte cambiar de opinión, ahora vamos a comer antes de que Dana me envenene la comida.

lunes, 25 de junio de 2012

La cara oscura de la luna (prólogo)

     La llave penetró en la cerradura y giró a la derecha, como de costumbre. Las pisadas silenciosas se dirigieron hasta el gran salón donde la oscuridad era eclipsada por la tenue luz que llegaba desde la luna a través del ventanal. Ella recorrió el contorno de cada una de las sillas que estaban dispuestas alrededor de la mesa central con la yema de los dedos. Los bordes recargados de cada una de ellas junto con la visión de los cuadros colgados en la pared le propiciaban un bienestar hogareño, cálido, reconfortante. La última había partido antes del anochecer, repitiendo lo mismo que todas las anteriores, pero con un tono bastante más agresivo.
    Se paró en frente de uno de los cuadros y observó la escena que reflejaba forzando la vista. Un esqueleto yacía entre las manos de un caballero triunfante manchado de sangre. Sublime. ¿Quién sería capaz de sentir algo así y de plasmarlo de aquella forma? Por supuesto que ella no.

domingo, 24 de junio de 2012

Sed

Surcando la tormenta
y metida en el vendaval
todo se vuelve visceral
metiéndose la aguja demasiado cerca.

Llora por tus pecados, niña,
pues solo nacer a este mundo
nos vuelve rebeldes y oscuros.

Deja que caigan tus lágrimas, vida,
porque no hay mejor día
para dejar salir el mal más profundo.

Siempre en la misma marcha
y la misma cara de la moneda,
es la misma sed la que no te deja
y te pone de nuevo presa entre tus cadenas.

martes, 19 de junio de 2012

No debería...

-¿Me esperabas?
-Por supuesto que no.
-Entonces deja de temblar.
No será por no ser
y lo será por que es
pero claro es también
pues no hay nada que hacer.

¿Dónde marchará la misma procesión?
Se desvía, no toma el mismo camino
pasa de ser todas las veces lo mismo
a algo insólito, lejos de comprensión.

La sonrisa ante el riesgo,
desde hace tanto tiempo
un instinto en desuso.

Todo lo que nunca llegará a ser cierto
y lo que formará parte de este mundo
me seguirá, extrañamente, sorprendiendo.
 
 
 


lunes, 18 de junio de 2012

Respirando


Melancolía en los dedos
escribiendo sin intención,
aunque es por la misma emoción
que los llevo hasta este extremo.

El ruido es su rítmica marcha
que marca el compás de lo que une,
pero el aroma es el que desata
prendiendo como el más caro perfume.

Todo se estremece y se prepara
buscando el sentido en la almohada
que de sí misma no puede darme más.

Deseos se confunden con la verdad
y es de nuevo en la cruel madrugada
donde todo vuelve a ser realidad.

Soñando que soñaré

domingo, 17 de junio de 2012

Adiós al telón.




Al lado de una cama de hospital
o en cualquier otro lugar
se apodera de ti un extraño miedo.

Mirarse en cualquier espejo
y ver que el mismo reflejo
está totalmente mal.

Se vuelve tan confuso
mientras todo el mundo prepara un funeral,
solo queda vestirse de lo más oscuro
callando y sin preguntar.

Tener que cerrar el telón
dando el beso de despedida
"ya saben que solo quería sus risas
 lo juro, no quería hacerles llorar."

sábado, 16 de junio de 2012

Intenta no respirar...

Morirán los abismos que se abrieron entre las dos pero sé que 
no conseguiré cruzar ese precipicio. 


El sonido, el último suspiro
las consecuencias derivadas
o el simple hecho de que respiro
es suficiente para mostrarme cansada.

Exhalo por mis sentidos
e inhalo todo cuanto ella es
en un repetitivo círculo
que no me permite respirar bien.

Sus tallos son hermosos
y sus carreteras infernales
haciendo que mis intentos por acercarme
caigan por debajo de sus ojos. 

La sonrisa al verla
siempre en mí reflejada
y mis ya repetidas palabras
solo muestran mi anhelo por tenerla.

viernes, 15 de junio de 2012

Vena

Se acaba, se termina. No hay más que pueda añadir. ¿O es qué me está permitido hacerlo?

Cesar, estrellarse, desfallecer,
pronunciar frases incoherentes
buscando la misma respuesta antes de caer.

Siempre digo cosas sin sentido,
tartamudeo y balbuceo
olvidando como hablar delante de mi credo.

Las palabras diferentes
pero el sueño es el de siempre
 no hay mucho más.

Detrás del mismo cristal
tan tangible, tan transparente,
protegía lo que no estaba dicho.

No sé seguir más esquemas
ni puedo permanecer tan cerca,
deseo y quiero hacerlo
¿Pero quién me responderá?
 
Por supuesto que tú no.


martes, 12 de junio de 2012

Nunca importó

Nunca me preocupé por lo que hacían
ni quería saber que es lo que sabían
pero en el fondo, lo entendía.




Cuando las horas eran efímeras
y las palabras se decían sin importancia,
acortando el trecho, reduciendo la distancia.

No había peor momento
y las consonantes que se quedaban al aire
se escaparon, ganaron con sus desgaires.

Perdiéndose en un rincón 
no hay palabras más lejanas que las que expresan los deseos
retorciendo tus pasos, tergiversando tu imaginar.

Tan cerca como lejos
una nueva realidad entre las dos
cuando te das cuenta de que no hay nada más

Eloi, Eloi,...


    Encerraba las horas en un tarro de cristal. De un cristal que no dejaba ver lo que contenía, pero que daba a entender la importancia de lo que guardaba. Las noches se volvían eternamente cortas. Las estrellas se apagaban una tras otra hasta dejar de nuevo paso a otro día. Es lo mismo de siempre, las mismas palabras pronunciadas de diferente forma. La añoranza, el extrañar, la paradoja de saberse vencido siempre pero aún así precipitarse al combate. 
     Los mismos recuerdos se graban en tu mente. Las letras que no te pueden dejar respirar tranquila, los gritos que te ponen de los nervios o la rabia concentrada en un puñetazo al suelo. La inmensidad de la marea, la certeza de que no hay escapatoria, es cruel su verdadera cara y la inevitable consecución que vendrá después de enfrentarte de frente con ella. No quieres hacerlo y te derrumbarás a la primera de cambios. Seguirás temblando, como has hecho siempre.
    No hay frases más preciosas que las que pronuncia su boca. Ni proposiciones más odiosas que las que sus labios conjuran. Entiendo que esta es mi pesadilla, de nadie más. Y ella seguirá bailando, haciendo que mis pesares escapen por momentos y que el viejo recuerdo de lo que era siga vivo a pesar de todo lo que hemos vivido

lunes, 11 de junio de 2012

Sonatas

     Hacía meses que no me tomaba una tarde así. Una de esas tardes en las que coges un par de libros, música clásica o relajante y una caja de chocolate a tu lado para apaciguar las emociones que te lleven las historias que lees. Con suerte, abres la ventana dejando que corra un poco de aire que acaricie tu nuca y te tranquilice, haciendo de tu mente atenta solamente a la orgía de notas y palabras que se graban de forma lenta en tus memorias.
    Este tipo de días no pueden darse muchas veces. El ritmo incansable, las obligaciones necesarias, la reclamación constante de tu presencia en algún lugar. Te cansas, y un buen día desconectas, apagas el móvil, y te dedicas a aquello que es tu pasión más profunda. Un deleite que por diversos motivos no puedes darte muchas veces y que atesoras cada vez que consigues darte ese placer.

PD: -Ei, que son las 6 de la mañana.
      -¿Y?
      -Nada nada...

domingo, 10 de junio de 2012

Carbón

Quién iba a decir que sin carbón no hay reyes magos...



El leve resonar de los latidos
llena el aire, esparce lo que es
expande lo que no será.

Monedas al mismo compás
de una suerte demasiado ruidosa
que decide tu próximo ser.

La misma metáfora, la incansable sequedad
en una boca que deja mucho que desear,
 sus palabras ya no expresan, no hacen sentir
han perdido ese pequeño don de decir.


Se pierde el eco de lo que verdaderamente eras,
las batallas que caracterizan tus cicatrices
que convirtieron tus frases en pésimas actrices
que desempeñaron un triste papel en esta primavera.

Donde olvidas, recuerdas,...



Las promesas suelen ser errores,
pues hay momentos, circunstancias,
matices que nunca son los mejores.

Se hace más corta la distancia
y se muestran todos los terrores
inundándonos de nuevo con su peor sustancia. 

Se combinan las oraciones
y se miden las palabras
volviendo hipócritas y extrañas
las frases que esconden las razones.

Buscar por encontrar, amar por querer,
anhelar por desear, dejar por abandonar,
todo cambia, pero todo vuelve al mismo lugar
donde olvidas, recuerdas, dices y mientes a la vez.




miércoles, 6 de junio de 2012

Una sensación extraña se ha posado dentro de mí. Es tan extraño, tan raro, no encuentro sentido a nada. Tal vez sea por los dos energizantes que me acabo de meter, tal vez es por los calmantes de esta mañana. O tal vez es la canción que me ha pasado la señorita Kaii. Respiro de forma diferente, no me cuesta, no duele, pero es diferente. Mis manos tiemblan ante el solo contacto del aire.

¿Y qué, tiene algo de especial? ¿Es qué acaso importa una mierda lo que ocurra?

Nada, no pasa nada. Todo está en orden. Como siempre.

lunes, 4 de junio de 2012

Bleed it out

Nota: Poned play a la canción Bleed it out de Linkin Park.

    Rodando por las mismas cuestiones, por los mismos y polvorientos recuerdos. Caminando por esas estrechas carreteras que forma nuestra mente y desviándome por los caminos que ella desconoce. Por todos estos lugares es donde me encuentro más en mi misma. Observo los cristales desde todas las posturas posibles y reagrupo todos los pedacitos que hayan podido romperse entre ellos. El día a día es como una función que nunca deja descansar a sus protagonistas. La verdad es tan relativa que no tiene cabida en esta absurda realidad.
    La indiferencia es el peor castigo para cualquiera, es el arma más cruel que pueda usarse. Que trates de ignorarme todas las veces es algo que no puedo soportar. Y que tenga que ser yo quien espere detrás del cristal es algo terrorifico. ¿Pero soy capaz de detenerlo? ¿Responder con esa misma moneda? Me temo que no.
    La herida sigue abierta y cada vez se hace más profunda. Algunas partes han parecido cicatrizar pero muchas otras aún siguen en carne viva Y otras están aún desangrándose.
    Sé las respuestas, sé que será lo próximo que vendrá y sé todo lo que vas a contestar. ¿Por tanto, para qué demonios voy a desgarrarme la voz diciendo todo cuanto hay aquí?

    Ciertamente, para acabar de desangrarme.



Es donde se guardan los secretos
donde residen los más oscuros deseos
y los más prohibidos y ardientes anhelos
que alimentan los sentimientos. 

Donde se haya la verdad oculta
o la realidad de cada ser,
es allí donde nuestro entender
es inservible y su actuación es absurda.

Donde las paredes se estrechan 
y los sentidos se abstraen 
retrocediendo, luchando por mantenerse de pie.

La misma historia pintada en la pared
la cordura, la ética y la moral caen
quedando solo el anhelo de lo que te hará sentir bien.

Insane




La vida es sueño

Es en este tipo de noches
cuando todo se confunde en sí mismo
rompiendo la voz, asfixiando los sentidos,
llevando al límite todas las emociones.

Las cuerdas que sujetan lo real
se deslizan por la línea de lo que es verdad
y es en ella donde vuelve a asaltar el dilema.

Se entremezclan las fantasías y la realidad,
los lazos se deshacen, pero permanece cerca
la fría y distante posibilidad de que ésto suceda.

Después de todo, si esta vida es un sueño
no entiendo por qué tiene que ser contigo,
aunque, aún no me convencen los motivos
para no tener que hacerlo.


Las frases que no se dicen,
los pequeños secretos,
la inexistencia de la complicidad,
todo ello es eterno, 
dentro de los límites de los recuerdos.

sábado, 2 de junio de 2012

Alma

Repito sin fin,
no quiero morir.

Suponiendo y rompiendo
cadenas de afecto,
recuerdos intensos
que son etéreos.

Su importancia decae,
su razón ya no se interesa
y cambió a su fiel presa
  pero ésta se dio cuenta tarde.

Mirando la noche
su forma de ver lo corrompe
y en un estallido todo se rompe.

Sus labios ya no responden
y la actuación se pierde en el horizonte
susurrando las mismas y viejas canciones.

Quiero que te calles por fin.